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Gianni Infantino, el cáncer de la FIFA

Hay imperios que parecen construidos sobre roca firme hasta que el primer soplo de soberbia revela que sus cimientos no eran más que arena movediza. La presidencia de Gianni Infantino al frente de la FIFA se encuentra hoy en ese punto de quiebre. Lo que hace apenas unas semanas se celebraba desde la cúpula de Zúrich como una era de expansión inagotable y multimillonaria, hoy tambalea bajo el peso de un desgaste institucional sin precedentes, una ruptura total con la UEFA y un cúmulo de sombras judiciales y políticas que convierten su salida anticipada no solo en una opción deseable, sino en una urgencia para la salud del fútbol mundial.

La relación entre la FIFA y la UEFA nunca ha sido tersa, pero hoy, ha colapsado de manera definitiva. El intento desesperado y unilateral de Infantino por sacar adelante el proyecto FIFA Forward Enterprise (FFE), buscando privatizar y vender un porcentaje de los activos comerciales y del alma del Mundial a fondos de inversión privados vinculados al círculo de la Casa Blanca, fue la crónica de una extralimitación anunciada.

La respuesta unánime del fútbol europeo, secundada por confederaciones como Concacaf y Asia, y respaldada por la propia Unión Europea, demostró que el mandamás de la FIFA olvidó una regla sagrada: el deporte más popular del planeta no es un botín corporativo ni una empresa emergente sujeta a caprichos de despacho.

Pero el verdadero problema de Infantino va mucho más allá de este estrepitoso traspié financiero. Las acusaciones y frentes abiertos en su contra se multiplican con la velocidad de una crisis sistémica.

Por un lado, las investigaciones en el Congreso de Estados Unidos sobre sus tejemanejes políticos, prebendas y cercanía con la administración Trump, ejemplificadas en polémicas intervenciones disciplinarias y cruces de favores rozan peligrosamente los límites de la opacidad y el tráfico de influencias.

Por el otro, el fantasma de los viejos vicios institucionales que prometió erradicar sigue más vivo que nunca; las denuncias legales presentadas en su contra por actores históricos del balompié evidencian que el manual de la manipulación y la persecución política sigue operativo en los pasillos de Zúrich.

Infantino llegó al poder bajo la promesa de limpiar los oscuros sótanos que heredó de la caída de Sepp Blatter. Ironías del destino, su gestión ha replicado, e incluso refinado, los peores vicios de aquella época: concentración absoluta del poder, desprecio por los mecanismos de gobernanza transparente y una mercantilización obsesiva que sacrifica la esencia del juego en el altar del dinero fácil.

El fútbol global no puede permitirse un líder acorralado por escrutinios legislativos internacionales, enfrentado abiertamente con el continente que sostiene la mayor parte de la industria económica del deporte y desgastado por la pérdida de confianza de sus propias bases. Por el bien del juego, de las selecciones, de los clubes y, sobre todo, de los millones de aficionados que todavía llenan las gradas por amor a la pelota y no por especulación financiera, ha llegado la hora de que Gianni Infantino abandone la FIFA.

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