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Europa arde ¿México está preparado?

Es una tragedia que se repite. Los incendios que este verano han obligado a evacuar a decenas de miles de personas en España, Francia, Grecia, Portugal e Italia dejaron de ser episodios excepcionales. Son la expresión más visible de una nueva realidad.

Durante mucho tiempo se pensó que los incendios forestales eran producto de estaciones especialmente calurosas o de una imprudencia humana. Hoy sabemos que esa explicación resulta muy limitada. El aumento de las temperaturas sigue siendo un factor determinante, pero ya no actúa solo.

A él se suman sequías prolongadas, bosques con grandes cantidades de vegetación seca acumulada, vientos cada vez más extremos y, en la mayoría de los casos, una chispa provocada por la actividad humana. Cuando todos esos elementos coinciden, el resultado son incendios mucho más rápidos, más intensos y mucho más difíciles de controlar.

Lo ocurrido en España ilustra con claridad ese cambio. Después de un invierno relativamente lluvioso, la vegetación creció con fuerza. Sin embargo, la llegada de una primavera seca y de sucesivas olas de calor convirtió ese crecimiento en combustible. Los bosques dejaron de ser únicamente ecosistemas para transformarse en enormes reservas de material inflamable.

Bastó que el fuego encontrara condiciones favorables para propagarse a una velocidad que ha puesto a prueba incluso a uno de los sistemas de protección civil y combate de incendios más preparados del mundo.

No basta con comprar más helicópteros o contratar más brigadistas. Cuando un incendio alcanza determinadas dimensiones, incluso los mejores equipos llegan tarde. La diferencia comienza mucho antes, con el manejo forestal, la limpieza del material combustible, la restauración de los ecosistemas, los sistemas de alerta temprana y la reducción de actividades de riesgo durante los periodos de calor extremo. En otras palabras, la mejor estrategia sigue siendo evitar que el fuego adquiera una magnitud imposible de controlar.

Hay otro cambio menos visible, pero igual de preocupante. Los especialistas hablan cada vez con mayor frecuencia de “megaincendios”: fuegos que generan su propia dinámica, alteran las corrientes de aire, saltan carreteras, ríos y cortafuegos, y pueden avanzar varios kilómetros en cuestión de horas.

Ya no son incendios que simplemente se combaten; son fenómenos extremos que, durante ciertos momentos, solo pueden contenerse cuando las condiciones meteorológicas mejoran. Esa es la diferencia entre los incendios del pasado y los que comienzan a definir esta nueva etapa.

México no debería observar la crisis europea como un espectador pasivo. Nuestro país comparte muchas de las condiciones que hoy favorecen estos megaincendios: temporadas secas prolongadas, olas de calor cada vez más frecuentes, extensas superficies de bosques y selvas, además de una presión constante derivada del crecimiento urbano y las actividades agropecuarias.

Cada temporada de incendios confirma que el problema ya no puede abordarse únicamente como una emergencia ambiental; también es un asunto de seguridad, salud pública y protección del patrimonio natural.

La experiencia europea deja una señal de alerta difícil de ignorar. Si países que cuentan con tecnología, recursos económicos y cuerpos especializados están viendo cómo el fuego supera su capacidad de respuesta, confiar solamente en apagar incendios cuando ya comenzaron es una estrategia condenada al fracaso.

El verdadero desafío consiste en tomar conciencia de que el clima ya cambió y que las políticas públicas tienen que adaptarse a los nuevos tiempos. Los incendios no se van a ir. Lo que todavía está en nuestras manos es decidir si seguiremos reaccionando cuando las llamas ya consumen los bosques o si finalmente apostaremos por extinguirlas antes de que comiencen.

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